En la Ciudad Condal…

Me encanta viajar, todos lo sabéis. El norte, el sur…cualquier destino es bienvenido para hacer la maleta y escaparse unos días. Para los que vivimos en grandes ciudades, más que un capricho, es una necesidad. Cambiar de aires es fundamental para desconectar y volver a la rutina como nuevo.
Desde pequeña tengo la manía de partir España en dos. Me gusta el norte en invierno, la fría Castilla me encanta durante los meses más gélidos, en los que la lluvia y la nieve son los protagonistas. El plan de pasear por esas ciudades de piedra, comer bien y terminar al lado de una chimenea, me apasiona lo mismo que bajar al sur y caminar oliendo a azahar y bugambillas. Me gusta el sur en primavera y verano, sus playas, su ambiente, comer en una terraza, pasear por la orilla del mar al atardecer…bueno, esto último me gusta igual en invierno, tomarte un café mientras llueve en la playa es de los mejores recuerdos que guardo.
Podría hacer un post, o mil, de sitios en los que tengo buenos recuerdos y en los que se puede comer bien, pero eso, de momento lo dejaré para otra sección.  Hoy vengo a hablaros de hoteles y más en concreto de uno. Hospedarse en un buen sitio, para mí, es igual de importante que comer bien. Los recuerdos son sensaciones y sin estas dos cosas, la percepción que me llevo del sitio no es la misma.
Hace un mes aproximadamente tuve la oportunidad de volver a Barcelona y alojarme en uno de los hoteles más prestigiosos de la ciudad, el Palace de Barcelona. Cuidado hasta el más mínimo detalle y con un personal excelente, la Ciudad Condal es también un buen lugar para perderse. Cosmopolita, con mar y montaña, amplias avenidas y perfectamente estructurada, un destino a tener en cuenta para todos aquellos que aún no la conocen.
Siempre lo digo pero me repito, los hoteles los hacen las personas, como otros tantos sitios. Un buen edificio, cuidado con el más mínimo detalle, si no goza de un personal agradable puede resultar tan frío y distante como un témpano de hielo.
Os dejo con algunas fotos del hotel para que lo conozcáis. Una majestuosa entrada, en la que tomarte un café y charlar plácidamente. Una luz cálida y un ambiente muy relajado es el allí puedes encontrar.

 El ascensor de madera tiene todo el encanto de los antiguos, en los que incluso había una banqueta para sentarse y reposar mientras se subía.

Nada más llegar a la habitación, gestos como estos que os muestro en las siguientes fotos, demuestran que para ellos, no eres un número más, sino un cliente al que cuidar y mimar.

La decoración de la habitación es de un gusto exquisito, mesa de trabajo, una cama king size, televisión de plasma, minibar perfectamente camuflado en la pared y un balcón impresionante que da a la Gran Vía de las Cortes Catalanas de Barcelona.

Siempre he querido tener un vestidor, y aunque no hice fotos os prometo que allí estaba. Y yo, que muchas veces soy un poco Antoñita la fantástica y me gusta disfrutar de cada momento, saqué mi maleta y la coloqué perfectamente, zapatos y bolso incluido, para ver cómo queda mi ropa en uno de ellos. Y sí, me gustó y mucho. Un baño y pedir la cena al servicio de habitaciones es de esos pequeños placeres que los que viajamos mucho por motivos laborales sabemos apreciar.
A la mañana siguiente un desayuno exquisito y listos para pasar el día.

¡Volveré!

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12 comentarios en “En la Ciudad Condal…

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